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Belén López, fuego en los tacones

La bailaora se pone "Flamenca" con su espectáculo en el teatro Fernán Gómez

Como ella misma anunciara en una de sus entrevistas, el duende te llega, aparece en plena actuación o lo tienes que buscar. Belén López transmite que lo lleva en cada uno de los gestos o movimientos que realiza con arrojo, como mostró el pasado 19 de mayo en las tablas del teatro Fernán Gómez. La bailaora protagonizó su espectáculo Flamenca en la sala Girau dentro de la 4ª edición festival Flamenco Madrid 2018 y regaló a sus asistentes un escaparate de temperamento y desparpajo, amadrinada por la magistral Blanca del Rey. Esta institución del flamenco definió a Belén como “el magma de un volcán” y expresó la fascinación que siente por el arte dando paso a la actuación de la artista.  

Belén López / Imagen recogida del Festival Flamenco Madrid

El recital comenzó con el acompañamiento musical de ilustres profesionales: Morenito de Íllora, Juañarito y Pedro Jiménez, al cante; Rafael Jiménez Chispa, a la percusión; Carlos Jiménez y Juan Jiménez, a la guitarra, y el invitado especial a la guitarra, Jerónimo Maya. Tras una primera canción de apertura, apareció Belén en escena para alborotarlo todo. Henchida de emociones, recorrió uno y otro lado del escenario al compás de los palillos presentándose pletórica y visceral, con exaltación y coraje, dejando ver un torbellino de sensaciones que sustentan este recital y consolidan su figura escénica. Y es que, lejos de grandes detalles y ornamentación, Flamenca se erige como un espectáculo de danza “sin adornos ni argumentos”, sino como un instrumento de expresión que nace de las entrañas.

La bailaora, nacida en Tarragona hace 32 años, derrocha desenfreno en cada fase del espectáculo. En una de sus pausas, Jerónimo Maya ejecuta una interpretación magistral a la guitarra, cual exquisito virtuoso de las cuerdas. Maya, que desde los 7 años maneja con rotunda soltura cada palo flamenco, deja atónito a un público con el fabuloso sonido que surge de sus manos. 

Acto seguido, vuelve Belén para atronar el suelo con garra. Desgrana su poderío en escena con atuendos que pasan desde el pantalón al vestido de volantes, la bata de cola o los giros de mantón. En cada taconeo, hace de la tradición una festividad, resaltando la expresividad de la mujer. La bailaora ha nacido para esto y se desenvuelve con frescura en un arranque que despierta a la fiera. Belén se envalentona, crece, enfada, estalla de emoción, de alegría, brillando con luz propia de una punta a otra, de una planta al tacón, o desafiando el mantón alrededor de su cuello. El público aplaude con júbilo y no quiere que la cita acabe. Junto a Blanca del Rey y el resto de los acompañantes, Belén ataca su último baile y pone fin a una velada flamenca de tradición y enganche, ímpetu y fogosidad.  

Trayectoria reconocida
Premio Desplante 2016 del Festival de Cante de las Minas de La Unión, Premio Artista Revelación 2005 del Corral de la Pacheca y Premio Nacional de Flamenco Mario Maya 2004, el arte genuino y la técnica impecable de Belén López le viene desde pequeña, aunque su familia no participe de la tradición flamenca.

Humilde hasta la médula, Belén se sonroja cuando le recuerdan su pasado de niña aventajada. Con tan solo 5 años bailó en la inauguración de una calle en Barcelona dedicada a Carmen Amaya y con tan solo 7 conquistó al público en el concurso televisivo Bravo Bravísimo. Como estudiante prodigio finalizó los estudios en el Conservatorio Superior de Danza de Madrid en tiempo récord. Al acabar, en 2011, comienzan sus cuatro temporadas como primera bailarina en la Arena di Verona, con las óperas Carmen e Il Trovatore dirigidas por Franco Zefirelli. 

El resto de su repertorio navega por teatros y auditorios nacionales y mundiales desde su participación en la Biennale de Danza en Italia, hasta el festival de Jerez, el teatro Sadler´s Wells de Londres o el Opera House de Boston, entre otros espacios escénicos.

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Rosalía, el cante flamenco de la modernidad

La cantaora desgrana su trabajo musical, Los Ángeles, en el Circo Price

Rosalía - Los Ángeles

De ella dijo Pepe Habichuela que cantaba como “una vieja”. Si uno escucha su voz, apasionada y cálida, de dulzura en el lamento, entiende por qué Rosalía es la nueva sensación del flamenco. A sus 24 años, la joven catalana interpreta la música saboreando cada palo con una emoción tan propia que ha llamado la atención de los jóvenes y no tan jóvenes.

El pasado 3 de febrero, la cantaora desgranó su debut discográfico Los Ángeles (Universal) en el teatro Circo Price acompañada por Raúl Refree, productor de un proyecto que aborda la muerte sin rodeos, natural y sin prejuicios, con versos que traen a la actualidad cualquier atisbo pretérito.

La cantaora y el productor aparecieron sobre las tablas rodeados de un humo que inundó el escenario. Tras tomar asiento, sonaron los primeros notas de Si tú supieras compañero, tema con el que arranca el disco. Este comienzo da buena cuenta de la muestra del resto de repertorio: una simbiosis de versos y antiguos cantes del folclore flamenco, desde tangos a fandangos, alegrías o seguiriyas.

Rosalía, concierto en Circo Price

Empieza la ceremonia como un sepelio sereno en el que se vela a los muertos. La música continúa con Aunque es de Noche, un tema popularizado por Morente y Habichuela desde el poema La noche oscura del alma de San Juan de la Cruz. Le siguen la dolorida Nos quedamos solitos y las desconsoladas Por mi puerta que no lo pasen y Que se muere, que se muere.

Con su larga cabellera y ataviada con un vestido negro con flores rojas, Rosalía entona sentada junto a la guitarra de Refree, que acaricia y rasga las cuerdas, en calma inicial y con garra a continuación. Agita con poderío cada acorde como si impusiera toques de rock a los palos de flamenco. Es una máquina de hacer música. Irrumpen ahora con Catalina, con el público ya en el bolsillo, aplaudiendo con entusiasmo al final de la canción y soltando algún que otro piropo a la barcelonesa.

Rosalía, con cierta timidez, contesta y continúa desgranando las melodías, desde Llanto de Sacromonte a Que nadie vaya a llorar o Te venero, esta última al piano, con un Raúl que pisa con fuerzas las teclas del instrumento. La cantaora despliega su voz, se lamenta y aclama hasta que finaliza los cantes dejando, incluso, escapar alguna lágrima. A ratos, sostiene el micrófono con una mano mientras con la otra señala al cielo en un intento de grabar en el aire cada palabra que sale de su boca.

Continúa con De Plata bajo las cuerdas de la guitarra española y, como colofón a esta noche de desvelos, Rosalía decide interpretar I see a darkness, el tema que cierra su disco compuesto por Bonnie Prince Billy. La actuación ha transcurrido en un suspiro. Rápida, en duelo, mecida por los cánticos y el arrullo de la música. 

Abanico de influencias

Están los detractores, abanderados del purismo, que consideran a Rosalía una impostora y la acusan de apropiacionismo cultural en su forma de concebir el flamenco. Lejos de las críticas y dejándonos llevar por la emoción de la música, el poderío artístico avala a esta joven que asegura llevar 13 años bebiendo del cante flamenco, interesada en la lírica vocal y en otras influencias variadas que ayudan a configurar en lo que hoy se ha convertido.

Premio Ojo Crítico de la Música Moderna 2017 de Radio Nacional de España, la historia musical de Rosalía, aunque acaba de comenzar, ya cuenta con acreditadas actuaciones. Su colaboración con C. Tangana en el tema Antes de morirme acumula más de 9 millones de reproducciones en Youtube. También ha teloneado a Miguel Poveda e interpretado Cuando nadie me ve en el homenaje a Alejandro Sanz de los Grammy Latino 2017.

Y por si fuera poco, compagina su talento con su perfil de Instagram jugando a marcar tendencia. Aunque algunos ya la han catalogado como la Patty Smith del flamenco o la Lola Flores del siglo XXI, Rosalía rehúye de etiquetas que para ella solo significan una cosa: ponerse límites. Por eso, reivindica cualquier estilo musical, los cultiva y escoge su propio flamenco que, fuera de corsés, transmite su verdad, versátil y evolucionada.

Ha llegado Rosalía, que suenen las palmas.

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Rocío Molina, feminidad del cielo al suelo

Rocío Molina desarma el flamenco en su espectáculo Caída del cielo

Rocío Molina

Vi la primera vez a Rocío Molina de casualidad. Saltó al escenario de un concierto de la fabulosa Sílvia Pérez Cruz, con la que participa en el espectáculo Impulsos, una mezcla de música y danza improvisada en la que Rocío Molina deja claro por qué es Premio Nacional de Danza.  

La bailaora, o “danzaora”, como se hace llamar a sí misma, presentó su espectáculo Caída del cielo el pasado 13 de enero en la sala Concha Velasco del Laboratorio de las Artes (LAVA) de Valladolid, hasta el momento para mí, un desconocido. El espacio nos recibe con un espléndido suelo blanco, puro, frente a una pantalla de cine. Al fondo varias sillas inhiestas se alinean junto al grupo de instrumentos que sonarán en la actuación: guitarra, bajo y batería y voz en clave de flamenco. La formación  que acompaña a Molina (Eduardo Trassierra a la guitarra, José Ángel Carmona al cante y bajo eléctrico, José Manuel Ramos « Oruco » a la percusiones y Pablo Martín Jones a la batería, percusión y electrónica) arranca la actuación con un fragmento del Omega de Lagartija Nick y Enrique Morente ante la mirada de mayores y adolescentes y de algún niño con mucho más sueño que inquietudes.

Rocío aparece en escena con un vestido blanco de flamenca, con volantes que se expanden más allá de su falda. Despacio, desliza su cuerpo por el suelo, comedida, y camina descalza. El comienzo es una demostración de que vamos a ver un flamenco diferente, que respeta la tradición en la que fue concebido, pero se escapa y transforma en un concepto innovador. La bailaora se tumba y cae… va de su cielo al suelo y se abraza en soledad al blanco de su vestido, intuida solo por la luna que la observa desde la pantalla. Acto seguido se retuerce y alza las piernas al aire en un vaivén en que contacta con ella misma, se busca y se reconoce en la feminidad hasta finalizar con su cuerpo desnudo, desprendido del vestido.

Al poco se hace el flamenco, pero lejos de los volantes. En su lugar, Rocío se viste con pantalón ajustado y torera mientras taconea, gira, presume y se divierte. No es de extrañar que hasta el propio Barýshnikov se pusiera a sus pies tras verla bailar. Pareciera que puede hacer lo que quiera. Y lo que quiere es mostrar su particular y descarada versión revitalizada del flamenco, donde es capaz de danzar desde el Omega de Lagartija Nick y Enrique Morente a Camarón y en la que tienen cabida desde un sombrero cordobés hasta unas rodilleras o una bolsa de patatas fritas. Rocío cabalga entre flamenco, rock, metal y quejidos, se crece en cada giro y taconea con una elegancia y esmero en los que bien cabe el asombro.

Création de "Caída del Cielo" de Rocio Molina : Entretien et répétitions from Théâtre de Chaillot on Vimeo.

Feminidad y canto a la libertad

Como ella misma confesó, su actuación nace de sus ovarios, algo que queda patente  a lo largo del espectáculo. Rocío danza con una falda enfangada en sangre que menea por el suelo impoluto. La vida misma naciente, su cuerpo, y ella como mujer, haciendo gala de su feminidad, protagoniza un canto a la libertad, la de expresión y de ella misma.

Rocío concibió esta interpretación para el Theatre Nacional de Chaillot en París, en colaboración con Carlos Marquerie, y ahora pasea por diferentes escenarios para dar rienda suelta a su libertad de danza repleta de vanguardismo, frescura y evolución artística. En esa visión, personal y única, a ratos provocadora y desvergonzada, rinde homenajes a sus dioses flamencos y bebe de inspiraciones tan variadas como el poema de Anne Sexton, En celebración de mi útero, o La divina comedia de Dante. Rocío Molina sabe que los más ortodoxos miran con recelo su arriesgada propuesta, pero prefiere no conocer límites y desplegar su concepción artística en un espectáculo mayúsculo que no deja indiferente  a nadie.

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